LA JUVENTUD Y LOS DESAFIOS DEL SIGLO XXI

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“Juventud, divino tesoro”, dice al empezar el célebre poema de Rubén Darío “Canción de otoño en primavera”. Es que la juventud es la etapa más linda de la vida, pero a la vez efímera y bastante complicada, sobre todo en el contexto del siglo XXI que empezamos a andar.

Paraguay, según los datos disponibles, registra una estructura de población mayoritariamente joven. De cada diez personas, cuatro son menores de 15 años y la población de 15 a 29 años representa una cuarta parte de la población total. Ñeembucú es un frondoso jardín primaveral, basta con salir a mirar en las calles de nuestra comunidad para ver a ese manojo de gente bella que inunda de alegría y entusiasmo nuestro diario vivir.

En el planteamiento discursivo siempre se escucha eso de que “los jóvenes no son el futuro, sino el presente”, pero cuánta incidencia tienen los jóvenes en la construcción de la realidad social y política nuestra, y qué impacto tiene en la formación de la conciencia colectiva de las nuevas generaciones la forma en que hacemos las cosas.

Estas son cuestiones que deben abordarse en los estamentos correspondientes con responsabilidad, criterio y visión de futuro. Mucho se ha dicho sobre ofrecer oportunidades a los jóvenes; pero cuando Babatunde Osotimehin, director ejecutivo del Fondo de Población de las Naciones Unidas visitó nuestro país en octubre del año pasado, dijo que el “Paraguay debe invertir más en su población joven”, y ante lo que se refleja en los números, posicionando al país entre quienes mayor población joven tienen en la actualidad agregó que “si el país desaprovecha la mayoría de su población joven, ya no tendrá otra oportunidad”.

Si bien existen muchas posibilidades para los jóvenes de la actualidad, lo cierto es que también existen muchísimos más riesgos que en tiempos pasados, lo cual sitúa a los jóvenes del siglo XXI en un difícil contexto. ¿Qué debe brindar la sociedad a través de sus instituciones para que los jóvenes desarrollen sus potencialidades alejados de los problemas que los pueden arrastrar a situaciones indeseables?

Mario Bergoglio (Papa Francisco) respetada autoridad religiosa, en su visita al país en el 2015 señaló “necesitamos de los jóvenes hoy: jóvenes con esperanza y jóvenes con fortaleza. No queremos jóvenes debiluchos, jóvenes que están “ahí nomás”, ni sí ni no, no queremos jóvenes que se cansen rápido y que vivan cansados, con cara de aburridos. Queremos jóvenes fuertes, queremos jóvenes con esperanza y con fortaleza”

¿Cuánto hemos avanzado como sociedad en ayudar a formar una juventud como la reclamada por el Pontífice en su encuentro con los jóvenes en la Costanera de Asunción? O ¿Creemos que los jóvenes lo harán porque sí nomás? El mismo Prelado marcó la pauta de lo que debe significar la juventud como etapa de vida: “La juventud es tiempo de grandes ideales”. Pero estos ideales necesitan ser instalados en el escenario por la clase pensante de la sociedad, porque al ritmo vertiginoso en que vivimos, los jóvenes están más expuestos a ser devorados por la vorágine consumista, los vicios y la corrupta pirámide político-partidista.

La juventud es el momento de la vida en que los seres humanos sentimos la necesidad natural de fijar un norte, de replantear nuestras prioridades y metas. Es el crucial momento en que se decide hacia dónde y cómo ir. Por eso es muy importante el correcto acompañamiento de la familia, las instituciones y la sociedad.

Los jóvenes, naturalmente cuentan con recursos que con el tiempo o se pierden o diluyen, si no se les da buen uso. Son más conscientes, más despiertos y activos, tienen la capacidad de convocar, persuadir y movilizar, pero sin una correcta orientación esas herramientas muchas veces son usadas para otros fines. En esencia son quienes realmente pueden darle la vuelta a las problemáticas que enfrentamos en los últimos tiempos, no solo en el departamento y el país, sino a nivel global. Tienen una ilimitada capacidad de diseñar, crear y proponer, pero no pueden incidir en la medida necesaria en la realidad, porque para hacer efectivo y real sus sueños, se topan con un murallón impuesto por los líderes empresariales y gubernamentales, una barrera llamada “sistema”.

Para una efectiva participación de los jóvenes en la construcción de la realidad, se necesita que desarrollen cierto grado de liderazgo y obtengan un conocimiento del rol que quieren y deben desempeñar en la sociedad, necesitan clarificar sus ideas, ajustarlas al rigor científico y sustentarlas en convicciones, para de esa manera trabajar por una meta final común. Pero abandonados a su suerte, ante un vendaval de ideas y conceptos contradictorios, terminan siendo simples piezas del enorme sistema que nos hunde cada vez más en la ciénaga de la carencia de valores.

El que las cosas tengan una manera de hacerse (sistema), en sí no está mal, pero perpetuarlo aun viendo su ineficiencia es un grave síntoma de ineptitud y hasta carencia de sentido común.

Hablar de invertir en la juventud suena muchas veces a disponer de dinero para satisfacer sus demandas aunque sean caprichosas, pero con visión objetiva, debe ser disponer de recursos materiales, y sobre todo morales, culturales e intelectuales para guiarlos durante este difícil paso, para que lleguen íntegros a la adultez y arropados de valores útiles para ellos mismos y la sociedad. Para ello es necesario el respaldo y el apoyo de personas con el conocimiento teórico y mayor experiencia.

Según la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) “Los jóvenes latinoamericanos tienen por delante un enorme desafío: ser conductores de un proceso de desarrollo económico y social que permita, a la vez, reducir la pobreza y los abismales índices de desigualdad socioeconómica, que atentan contra la estabilidad y la convivencia; promover un crecimiento económico basado en fundamentos sustentables a largo plazo y competitivos en el contexto mundial, y mejorar la calidad de vida en los países de la región.

Se trata, sin duda, de un objetivo difícil de lograr y que, de hecho, ha sido esquivo para las generaciones anteriores. Sin embargo, los jóvenes actuales cuentan con ventajas para hacerlo realidad. Tienen niveles de educación más altos que sus progenitores; están familiarizados con las nuevas tecnologías de producción, comunicación, manejo y procesamiento de información, cuyo conocimiento y uso serán claves para el desempeño de las naciones y de las personas en el futuro; han experimentado el ritmo incesante del cambio, lo que los hará capaces de enfrentar las transformaciones futuras con mayor flexibilidad, rapidez y se desenvolverán en un escenario demográfico más holgado, tanto por la tendencia a la estabilización de las cohortes jóvenes como por el mayor número de opciones para orientar las conductas demográficas.

No obstante, la evidencia empírica disponible tiende a relativizar las conclusiones alentadoras que se desprenden de tales razonamientos, ya que persisten, e incluso se agudizan, altos grados de exclusión social de los jóvenes, claramente reflejados en sus tasas de desempleo; se mantienen o elevan las probabilidades de que practiquen conductas riesgosas (en particular, en los ámbitos de la sexualidad y de la reproducción), ilícitas, violentas, o escapistas y no hay atisbos de que su participación en la toma de decisiones se vuelva más activa.”

En el Paraguay, contamos con una briosa juventud que imperiosamente reclama ser tomada en cuenta a la hora de tomar decisiones. ¿No será que por la forma en que hacemos las cosas (nuestro sistema) los obligamos a estar “ahí nomás” como simples espectadores de cómo estamos despilfarrando el futuro de ellos?. Las escuelas colegios y sobre todo universidades deben dejar de ver a los jóvenes como simples receptáculos de teorías y compendios, y deben esforzarse por desarrollar el sentido crítico, mucha falta nos hace saber debatir, sostener una postura y plantear una alternativa. Como sociedad los estamos bombardeando con diatribas, odio, mezquindades y un consumismo salvaje. Debemos mirarnos y mirar a esta hermosa juventud del siglo XXI que nos deslumbra con su belleza y entusiasmo. ¿De verdad los queremos condenar a repetir nuestros mismos errores?

Ellos tienen la fuerza y la dinámica para construir una sociedad más ecuánime; la familia, las instituciones y la sociedad debe brindarles el soporte necesario.

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