Apolonia Flores, la niña guerrillera

Con 12 años vivió una de las más sangrientas represiones de la era Stroessner. Sobreviviente del Caso Caaguazú, la imagen de Apolonia Flores en su ficha policial hallada en el Archivo del Terror es un símbolo. 38 años después, Apolonia todavía lleva en el cuerpo y en el alma las marcas de la tortura.

Apolonia Flores lleva las marcas de la dictadura en el cuerpo. 

El ataque a balazos que sufrió una niña durante la dictadura stronista es uno de los momentos históricos que Última Hora recoge en su revista especial publicada el 8 de octubre por el aniversario 45 del diario.

“A veces llorábamos, porque no teníamos qué comer”

La ficha policial de Apolonia Flores Rotela es quizá uno de los documentos más famosos de nuestro Archivo del Terror. Entre los miles de documentos del archivo de la policía de Alfredo Stroessner, destaca este papel, precisamente por el absurdo que alcanza. En él se presenta a una niña de 12 años como una peligrosa guerrillera. Las fotos de frente y de perfil, con el pelo revuelto se convirtieron en una de las imágenes más explícitas de la brutalidad de la dictadura.

Ella fue protagonista del denominado caso Caaguazú, cuando un grupo de campesinos de la colonia Acaraymí, Alto Paraná, exigió a un chofer de ómnibus que los trasladara a Asunción. Por el camino descendieron en Campo 8 y entraron al monte. Conocidos los hechos, el dictador ordenó la “caza de los campesinos”. Para Apolonia Flores el tiempo pasó lentamente. Y es que 38 años después, su prontuario policial la sigue señalando como una peligrosa guerrillera. “Las autoridades tienen que limpiar nuestro nombre. Eso es lo que yo quiero. Cuando me voy a renovar mi cédula, un año tengo que esperar, nunca sale rápido, porque yo tengo problemas y tienen que verificar la información sobre mi prontuario en todas partes. Eso nomás le pido al presidente y al ministro del Interior, que limpien nuestro nombre”, reclama Apolonia en esta conversación con ÚH, bajo la sombra de los árboles en su humilde vivienda en Juan E. O’Leary, Alto Paraná.

“Nosotros luchamos por la tierra y la educación, para que la gente tenga un pedazo de tierra y pueda comer dignamente, esa era nuestra lucha”, ratifica.

– ¿Cómo era la vida en Acaraymí?

– Nosotros llegamos en 1975. Tenía 7 años, y como había muchos niños, pero no había escuela, se empezó con la escuelita campesina de las Ligas Agrarias.

La comunidad vivía de la chacra. Teníamos mandioca, teníamos zapallo, gallina, chancho, vaca y había pescado del río, así vivíamos. Pero después ya llegó la persecución de Olga Mendoza de Ramos Giménez, ña Muqui, esposa de un general que reclamaba las tierras. Ella nos persiguió, dijo que eran de ella, pero el Indert nos dio esas 500 hectáreas, después quemó nuestras casas, mató nuestros animalitos.

Yo veía cómo venían los militares a destruir y a quemar nuestras casas, el fruto de nuestro trabajo, y nos quedamos sin nada otra vez. Teníamos hambre, a veces no comíamos, se murieron dos de mis hermanos, y cuando mis padres se iban a buscar médico yo me quedaba con mis hermanitos más chicos, a veces llorábamos, porque no teníamos qué comer, solo teníamos caña de azúcar.

Yo me iba a las reuniones detrás de mi papá, y escuchaba en las reuniones lo que decían y cuando fui más grande entendía mejor. Así empecé a participar, viendo las injusticias.

– ¿Cómo recordás lo que sucedió en marzo de 1980?

– Yo vine con mi tío y mi hermano de 14 años, Anacleto. Él sigue en la colonia ahora. Cansados de las persecuciones salimos de la colonia para reclamar. Unos 20 campesinos salimos y después nos masacraron acá en Caaguazú. Hay 10 compañeros desaparecidos.

La policía nos perseguía y nos bajamos en campo 8 para que no nos maten en el colectivo, y entonces nos fuimos al monte.

Yo me quedé con Victoriano Centurión, Apolinaria González, y Mariano Martínez. Nos dividimos para que no nos maten a todos… Y yo cuatro días más o menos estuve escondida por el monte. Me agarraron el 11 de marzo, me dispararon en el estero, seis balazos.

Primero me llevaron a Caaguazú, ahí me auxiliaron, y después como no había medicamentos en Caaguazú me llevaron al Rigoberto Caballero, ahí me curé vai vai y después de dos meses ya me llevaron a Investigaciones y después al Buen Pastor. Un año estuve en el Buen Pastor.

– ¿Es cierto que Stroessner fue a verte?

– Sí. Fue llegando un día cuando estaba en el Rigoberto Caballero. Me dijeron las enfermeras que iba a ir a visitarme nuestro presidente. ‘Cuando venga hablá que con él’, me dijeron.

Se fue llegando y me dijo: ‘Qué tal mi hija, cómo estás…’. Y no le hablaba yo a él, si yo estaba atada a la cama, no me podía ni mover de mis heridas, le miraba y sentía que él fue el que me hizo todo eso. Así me sentí yo en ese momento y no le hablé, me callé. Y después dijo a la enfermera ‘esta nena pio en su lengua le dispararon?’.

No señor presidente, puede hablar, no sabemos por qué no habla…

Y ahí me dijo tengo ‘una propuesta para vos mi hija, vos saliste de tu comunidad, porque querés estudiar y te traigo una propuesta para que puedas estudiar, y podés estudiar lo que quieras, hasta que seas vieja podés estudiar’. Y se fue enojado, porque yo no le hablé.

Y dijo que iba a volver otro día para darme otra oportunidad…

Después de 15 días volvió y me dijo ‘te traigo la propuesta para que estudies, pero nunca más vas a volver a ir a tu comunidad’, entonces le dije ‘por qué señor presidente no le ofrecés a todos mis hermanos? ¿Por qué a mí nomás? Yo no me voy a quedar acá, me voy a ir otra vez a mi comunidad’.

Siempre me pregunto por qué fue a verme en el hospital. No sé hasta ahora para qué se fue a visitarme, yo no le acepté y le dije claramente que iba a volver a mi comunidad. Me preguntaba si quería matarme y bañarse con mi sangre, porque eso se decía también que hacía Stroessner…

“Estaba en el suelo, bañada en sangre, y me seguían pegando”

– ¿Quedaste con secuelas de las torturas?

– Sí, yo viví toda mi vida con este dolor. Hasta ahora tengo el mapa de Stroessner por mi cuerpo, y a veces no puedo dormir de los dolores.

Donde estábamos, en la colonia, cerca de Acaraymí no había hospitales, y entonces cuando me dolía mucho la pierna mi papá me ponía tuju pytã por mi herida, con caña y tabaco me ponía por la herida.

Lío a veces con toalla, cuando me duele mucho la pierna para poder dormir. A veces ni puedo dormir del dolor, porque hay un pedazo de bala en la pierna, me dijo el doctor que si tocan puedo quedarme sin poder moverme.

Mucho me torturaron. Hasta ahora me duelen los senos por los golpes que recibí en las torturas, me pegaron mucho con la culata del arma acá en el pecho. Estaba en el suelo, herida, estaba bañada en sangre y ellos me pegaban, porque querían saber a dónde se fue nuestro dirigente Victoriano Centurión, y yo no sabía dónde estaba él, ustedes me dispararon y aquí me quedé les decía, no sé dónde está. Demasiado me torturaron ahí en el estero. Me violaron, hicieron de todo conmigo en el monte. Eran policías. Estaban uniformados. Después ya no me di más cuenta, estaba inconsciente, pero sí, jugaron mucho por mí.

Tengo tres hijos. Gracias a Dios pude tener hijos, con todo lo que me hicieron, pero hasta ahora me duele todo lo que me hicieron.

– Y después te llevaron al Buen Pastor.

– En el Buen Pastor estuve más tranquila, estaba con los menores, digamos que estaba bien, pero había una encargada con la que me dejaban los domingos, y no es que me jugaban… me daban cerveza y cigarrillo, me emborrachaban y se divertían conmigo.

Después de ahí me dieron la libertad, y volví a mi comunidad, pero a poco que volví allanaron mi casa otra vez, nos golpearon nos torturaron otra vez a los de la comunidad que fueron a verme. Y así vivimos hasta la caída de la dictadura. Uno de mis hijos se murió cuando estaba escondida por ahí. Le dejé a mi hijo a mi mamá, mientras me perseguían, un nene que se enfermó y se murió.

– ¿Qué queda de las Ligas Agrarias?

– Lo que nos queda de las Ligas es la lucha. Y que ahora podemos, aunque sea podemos plaguearnos y decir lo que queremos. Ya podemos defender nuestros derechos, anteriormente ni derechos no podíamos defender sin que nos maten, sin que nos degüellen. Diez compañeros desaparecidos tenemos, desde hace ya 38 años que desaparecieron, y todavía no se encuentran sus tumbas. Eso es lo que deseamos, que nos digan dónde están, para por lo menos poder ir a llorarlos a su tumba. Algunos dicen que están enterrados por ahí cerca, en Caaguazú, en un foso que se cavó y ahí les tiraron a todos.

– ¿Te arrepentís de haberte subido a ese ómnibus?

– Cuando se decidió que íbamos a manifestarnos yo también insistí para venir, porque quería venir a luchar por mis derechos. Y le dije a mi mamá, y mi papá que iba a venir, para no tener que seguir viviendo en la miseria, les dije que nadie me iba a atajar, mi mamá lloró mucho.

Pero no me arrepiento de haberme ido ese día a protestar, a luchar por mis derechos, aunque ahora viva así.

Hoy en la comunidad ya hay una escuela, tienen su tierra, algo sirvió nuestra lucha, a pesar de todo lo que sufrimos y pagamos muy caro, porque yo quedé casi inválida, mis amigos, mis compañeros quedaron con secuelas de las torturas, y nunca nos dijeron dónde están los desaparecidos. Pagamos muy caro, pero vale la pena la lucha.

Fuente: UH

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