EL CHAKE DE LAS INUNDACIONES

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FOTO – ABC COLOR

     La naturaleza tiene sus ciclos, cada región del mundo está expuesta a alguna forma de peligro de los elementos de la naturaleza. En Ñeembucú, las inundaciones tienen un largo historial. Si bien es cierto que esto se agravó con la intervención humana, cabe señalar que inundaciones siempre hubieron en toda la región, pues es en esencia un terreno anegadizo y de innumerables pantanos.

Lo inquietante es que, de un tiempo a esta parte, este lapso cíclico se vio muy afectado. Ya no se dan inundaciones por fenómenos naturales imposibles de controlar que ocurrían a intervalos de muchos años, sino que vivimos en un “chake” constante, pues hasta una corta lluvia copiosa nos puede enfrentar a este temible escenario. Una lluvia de más de 80 cc, ya basta para que las imágenes de casas inundadas, las calles hechas ríos, vecinos cargando con sus enseres en un doloroso peregrinar hacia zonas más altas, tomen las redes sociales.

Mucho se ha hablado y escrito sobre las posibles causas y soluciones del problema. Entre las causas, están la falta de planificación urbana, falta de criterio de cuenca. Mega obras que represan los cursos naturales de desagüe y falta de criterios de inversión e intervención integral articulada. Relleno de humedales y falta de espacios húmedos contenedores de agua o reservorios. A esto se debe sumar el deterioro del medio ambiente, que aunque muchos no quieran aceptarlo nos está pasando factura a nivel global.

Entre las soluciones están: construir más muros, una compuerta que divida el arroyo Ñeembucú del río Paraguay, extender la ciudad hacia zonas más elevadas, recuperar los reservorios naturales, y la omnipresente y coyuntural ayuda social del estado a través de las instituciones para los damnificados.

Uno de los problemas a la hora de discutir las causas y soluciones es ¿a qué llamamos qué? Planificación urbana puede desde una vereda significar leyes que regulen la construcción de viviendas en zonas anegadizas, dejando ciertos espacios para reservorio, pero desde el otro ángulo puede significar salvar al costo que sea a los vecinos que por razones sociales han construido sus viviendas en lugares donde con cada lluvia los raudales los convierten en víctimas. Las megas obras, que últimamente se vienen ejecutando en nombre del desarrollo en nuestro departamento, suelen presentar diseños digitales hermosos, donde el verde y el azul predominan, pero en la acción son trampas letales para nuestro complicado y desde ya violentado ecosistema. El estudio de impacto ambiental y viabilidad de una obra, que en los papeles debería prever y garantizar las especificaciones técnicas acorde a la región, son para algunos la herramienta para protegernos, el brazo legal que se supone debería exigir respeto a los recursos naturales y previsión de su impacto en las poblaciones, pero para los empresarios significa simplemente un trámite, un lindo diseño y el aval de las instituciones.

     El fenómeno de las periódicas inundaciones debe verse desde varias perspectivas, y lo más importante es que la ciudadanía debe involucrarse activamente. No es simplemente mostrar las consecuencias, sino apuntar a las causas. Quejarse y publicar imágenes de la desgracia echándole la culpa a la naturaleza, a las autoridades y al indefinido cambio climático es poco productivo, debemos ser actores directos de la solución al problema. Es saludable la participación ciudadana que se va manifestando en nuestro departamento, nuestra tradicional forma de ser, callados, sumisos, aceptando y aplaudiendo a las autoridades de turno, va cediendo paso al reclamo, la presión, y la participación en los espacios de discusión. Eso es saludable en el proceso de desarrollo de una sociedad.

En numerosas ocasiones quienes administran los recursos públicos no cumplen con eficiencia su encargo, emprendiendo obras sin criterios técnicos, sin previsión y a altísimos costos, representando un innecesario desgaste al erario público. Así también es cierto que muchos inadaptados vierten inconscientemente sus basuras en los canales de desagüé que han costado millones y los inutilizan. La ciudadanía debe exigir transparencia y eficiencia a quienes se han ofrecido y han sido designados como administradores de los bienes públicos; y las autoridades deben poner mano firme y sancionar fuertemente a quienes incumplen las normas. No se puede tolerar que en pleno siglo XXI se sigan arrojando basuras en los espacios verdes, los reservorios, los causes hídricos, y los accesos a la ciudad, eso es responsabilidad de las autoridades electas para tal efecto, y no es solo el ejecutivo sino también los legisladores, ya sea distritales como departamentales. No se debe hacer de las inundaciones un negocio, ni un escenario de proselitismo.

Es momento de tomar en serio el “chake” de las inundaciones, en otras ciudades como Asunción, las inundaciones son excusas para que las plazas y otros espacios comunitarios sean tomados por asalto y destruidos sin piedad, si no se toman las medidas necesarias, Pilar puede dentro de poco presentar esa triste e innecesaria postal. Debe legislarse en función a nuestra realidad, con reglamentos claros y aplicables. No se debe permitir so pretexto de razones sociales, que se construyan viviendas en las franjas evidentemente propias de la naturaleza, se deben reubicarlos en zonas altas; tendrá su costo económico y político, pero a la larga beneficiará a todos y dejará bien posicionado a quienes lo acometan.

El problema no es que llueva más, ocurre que llueve de manera distinta y con mayor cantidad de eventos de gran intensidad sobre un uso indebido del suelo y modificación topográfica de los terrenos sin respetar el comportamiento natural de las aguas. Aún está fresca en la memoria aquella navidad que pasamos a la luz de las velas, desaguando con baldes, y el clamor de solución definitiva al problema con la defensa costera integral. Los gráficos que nos presentaron eran hermosos, la promesa está hecha, pero un enorme “chake” nuevamente se cierne sobre nosotros.

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