MADURAR EL CAMBIO

Por Guillermo Flechas

Las sociedades evolucionan, sobre todo política y socialmente, y en ese constante cambio mucho del futuro depende de los actores del presente. Paraguay se ha caracterizado por una especie de letargo dentro del contexto de naciones de la región. No es que la sociedad paraguaya se haya resistido al cambio, o que no haya cambiado, sino que ese cambio en muchos casos no está madurando, produciendo irritación en la población.
En la historia de la humanidad se han dado grandes cambios empujados por las masas populares; mientras que en Paraguay se “aguanta mansamente” aquello impuesto por una minoría privilegiada. Y pensar que la primera revolución que antecedió al grito libertario de las actuales naciones de América se dio en el Paraguay. No es servilismo ni cobardía pues las páginas de nuestra historia están atiborradas de proezas heroicas que rayan lo mítico. Es más bien una especie de sosiego levantado sobre el dolor resultante de las penurias que nos tocaron desde tiempos remotos. Parece paradójico, ese mismo factor que motivó el cambio en las demás sociedades es la que nos tiene atenazado en un sopor insoportable.
La revolución es una de esas palabras que tienen rostros simbólicos en lapsos y sociedades distintas. Despierta tanto, fervor y esperanza, como espanto y aversión. Las revoluciones son consideradas hoy día como los puntos de inflexión de la historia, de los que parten la mayoría de sistemas políticos y sociales actuales. Revolución es entendida como un intento por realizar un cambio radical en el sistema imperante, también es vista como cualquier modificación ya sea en la economía, la cultura, o la estructura de la sociedad. No siempre es violento, ni rápido, pero siempre implica proceso.
Muchos piden revolución, y es necesaria la revolución. Una verdadera revolución no debe ser un caldo de cultivo para demagogos oportunistas ni una excusa para ‘caza de brujas’. Entender la revolución no como un simple acto de rebeldía, sino como un proceso que involucra varios estamentos y aspectos es fundamental para intentar emprender como sociedad civilizada una pacífica y productiva renovación social. Generalmente lo que se ve es el ápice pero no la base; así se habla de la toma de la Bastilla al referirse a la Revolución Francesa, o el anuncio de Trotski de la disolución del gobierno provisional ruso con el discurso de Lenin “Vamos a proceder a la construcción del orden socialista” al evocar el octubre ruso. Pero pocos ven la relación de estos eventos con la obra intelectual de Rousseau, Voltaire, Montesquieu y Marx, o la aparición de los cientos de soviets como células sociales. Así también puede referirse a la fuerza impulsora del satyagraha del pensamiento de Gandhi en la no violencia de la revolución india que terminó inspirando a Luther King en su lucha por los derechos de los negros.
Para cambiar, hay una estrecha relación entre la generación de ideas innovadoras y el proceso de elaboración de acciones tendientes a su concreción. Muchos prefieren tatuarse “el Che” o enarbolar banderas de lucha por “derechos” tan insostenibles por triviales, como inclusión lingüística, mientras que “El Contrato Social”, “Cándido” y “El Capital” entre otros, duermen en los anaqueles sin ojos que los discurran. Así como no hay revolución sin base social, tampoco se puede hacer revolución sin un sustento teórico que lo oriente. No se trata de colores o “ismos” tan folclóricos nuestros, es momento de buscar un punto en común que nos permita debatir civilizadamente sobre qué rumbo tomar y cómo, por más antagónicas que sean nuestras posiciones. Es el mismo punto que el menda viene sosteniendo en varios artículos anteriores.
Hace falta primero una revolución ideológica que sustente el esfuerzo por el cambio, sino será una tediosa e infructuosa letanía en las redes sociales; los intelectuales nuestros son quienes tienen la obligación de generar nuevas ideas que nos marquen el camino, a partir de, y para nuestra realidad. Es necesario estudiar con criterio científico nuestro “teko” entenderlo en su desarrollo, trayectoria, reivindicaciones, perspectivas, etc., para ver cómo se puede impulsarlos y dotarlos de orientación política a través de una articulación entre pensamiento y participación para lograr una constructiva aportación en las luchas que se den. Una movilización popular sin sustento ideológico, no es revolución; es simple agitación de masas. El cuadro de Delacroix quizá diga más que las palabras al respecto, pues muestra cómo la libertad guía al pueblo, es una idea expuesta por intelectuales con argumentos comprensibles y convincentes la que motiva y condiciona la acción de las masas en una verdadera revolución.
Para madurar el cambio debemos leer a nuestros pensadores, Barrett, Roa, Barbero, Cadogan, Cardozo, Chamorro, Melìa, Seiferheld, Garay, Gondra, Domínguez (Ramiro), Frutos, Decoud, Báez, entre ellos los pilarenses Domínguez (Manuel), Jiménez, Prieto, Ferreiro, Ashwell, por citar algunos. No es que no haya gente capaz, es que fueron desplazados por los mediocres, es más, en las escuelas, colegios y universidades casi no se los conoce. Para madurar el cambio debemos creernos capaces, querernos (¿cómo querer a nuestros intelectuales si no los conocemos?) y trabajar juntos por madurar el cambio que nos devuelva la ilusión de ser cada día mejores.

Fuente – Revista Surgente versión escrita ED. 90

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