Un problema de autoridad

Carolina Cuenca

Carolina Cuenca Por Carolina Cuenca

Otra vez se desubicó el senador Payo Cubas, agredió a sus colegas y empleados, sin qué ni para qué… Logró notoriedad, risas, plagueos y mucho seguimiento en redes y medios.

La reacción de la gente es algo contradictoria. No apoya del todo sus métodos, pero afirma que también está cansada de los abusos y la corrupción en el Parlamento y, en cierto sentido, esto se puede leer como un respaldo. Así que varios de sus colegas se aprestan a armar también su propio show y compartir escenario. Denigrante la cosa.

IR MÁS AL FONDO. En fin, como es bastante aburrido seguir con el tema de si Payo hace mal o si sus colegas hacen bien en sancionarlo, porque es obvio que hace mal y que hay que sancionarlo, podríamos aprovechar para sacar algo útil de tanto bochorno.

Una frase que sonó mucho en los comentarios al respecto es la de “autoridad moral”.

La autoridad se define como esa potestad que se tiene para gobernar o ejercer el mando, pero también es un atributo que nosotros otorgamos a una persona para que nos gobierne. Interesante esto, porque el dedo no apunta solo a los artistas del circo, sino también a los espectadores.

VIRTUD POLÍTICA. La autoridad política se asocia al Estado que, a su vez, se debe regir por leyes, las cuales deben ser reflejo y salvaguarda de la justicia, una virtud moral. O sea, amo hapópe, el problema siempre termina, pese a quien le pese, en una cuestión de moral personal.

La falta de autoridad moral rebaja las instituciones y abre el camino a oportunistas, mediocres y descarados que empujarán a la nación hacia la ruina, si les dejamos continuar así.

La auténtica autoridad no es irracional, es decir, “nunca se contradice con la recta razón”, afirmaba el sabio Benedicto XVI. Por ello, la irracionalidad no puede ser el arma con la que castigamos la inmoralidad. Lo único que se genera así es violencia.

MIEDO A LA LIBERTAD. Esta reacción violenta es, en el fondo, miedosa e infantil. Y es lo que vemos hoy como tendencia en alza lastimosamente. Parecería que la razón, al tratar de servir a una verdad que se niega y se desprecia, también puede ser desechada y acabar así con el “peso” de tener que buscar en todo lo verdadero, lo bello y lo bueno. Aparenta ser más impactante deconstruir la razón e impactar con lo emocional.

Bastaría entonces con sacar el cinto y golpear a las bestias, convirtiéndonos también nosotros en ellas. Mas es peligrosísimo este camino, es errado, es inhumano, es una barbaridad.

En el fondo hay un miedo y un profundo vacío asociado a la cultura nihilista que tanto se pregona en ciertos ambientes “progres”. Es el miedo a la verdadera libertad, aquella que se hace cargo, se responsabiliza de cada acto, porque cada acto le pertenece. Se habla hoy de autonomía moral absoluta, sin necesidad de rendir cuentas ni siquiera a la naturaleza.

Estamos jugando a ser señores absolutos del bien y del mal, que queremos construir a nuestro antojo, con meros “relatos” mediáticos y pomposos, pero sin sustento en la realidad. Cuidado, si dejamos crecer la bestia, esta nos matará a todos.

HORA DE ELEGIR. ¿Qué hacer entonces? ¿Renunciaremos a ejercer la autoridad como vemos que hacen algunos por temor a ser criticados o retomaremos el camino de la dignidad que convierte la autoridad en un servicio, que, a su vez, genera prestigio y honra social?

DERECHO A LA RESISTENCIA. Sinceramente, creo que el mal y lo irracional no tienen la última palabra y no tenemos derecho a rendirnos, debemos resistir a esta tentación y redoblar la apuesta hacia un estilo de vida donde se ejerza sin complejos la verdadera autoridad.

CAMINO EDUCATIVO. La única forma es desaprender esa forma de encarar la autoridad como sinónimo de poder, posesión y dominio, de ese juicio permanente de los errores ajenos, sin corregir los propios, y reaprenderla como una forma de introducirnos en la realidad con gran confianza en la razón del hombre, capaz de verificar libremente la propia experiencia, con posibilidad de equivocarse, de enmendarse y de recomenzar siempre.

Fuente: UH

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